Porque me resulta extraño que la memoria me traiga de cuando en vez el recuerdo de una historia en un libro de Piglia,es que surge este relato. La anécdota refería a un militar , el coronel Baigorria que cruza la frontera, de que ? me preguntaba, de la civilización hacia la barbarie? y se va a vivir con los indios.
Derivada como soy he de contar la anécdota de un padre que torturaba a su hijo con la idea de que tenía que leer el libro de Mansilla sobre los Ranqueles, el hijo se negaba y eso bastó para que el padre devenido en torturador pensara toda la vida que su hijo era un haragán, frase que vertía a diario en los oídos de su vástago Por suerte en momento en que el hijo lo contó refirió que nada de aquello había quedado en su espíritu como representación de que la lectura fuera una tortura.
La historia del coronel era que se había acomodado en un rancho de paja y barro en el medio de la llanura con sus libros. Los indios con los cuales compartía vaya a saber que tipo de similitudes, saqueaban las galeras y poblaciones, en una de esas recorridas un capitanejo le trae el "Facundo " de Sarmiento. El militar deviene famoso a partir de que los escritores lo rescataran del olvido, ya que antes el ya había dejado en sus memorias estas y otras anécdotas por escrito, que sirven para que otros jaqueen la caja de los recuerdos personales a la menor resonancia.
Puesta a pensar en este recuerdo me trajo otro muy lejano en el tiempo ya que mi vida cuenta con los suficientes años como para considerarlo, y este recuerdo refiere ver a mi abuelo allá en el norte de Santa Fe la provincia en que vivíamos.Lo veía recibir a los indios que vivían apartados del pueblo ya que como siempre ha sucedido eran excluidos de la civilización, remitidos a su barbarie como se decia se asentaban en las afueras de poblado que era muy pequeño pero que en aquel entonces, sin embargo contaba con las comodidades como cloacas, luz eléctrica,,etc, logros debido a que los ingleses pensaban que si sus empleados vivían con comodidades se ahorrarían dinero en enfermedades y quejas inútiles que los distrajeran del trabajo, muy errados no estaban.
Aun hoy la gente de lo que es hoy una ciudad recuerdan aquellos beneficios como algo increíble para la época, uno de los argumentos que se esgrimen a la hora de defender posturas en favor del trabajo de los ingleses en esos poblados establecidos por ellos.
A mi abuelo los indios lo apreciaban si algo de eso es posible, yo era pequeña pero era testigo de la asiduidad con que le golpeaban la puerta para pedirle cosas que el trataba de conseguirles, luego ellos volvían con sus bolsas cargadas de obsequios provenientes de su mundo, que yo con mis pocos años consideraba tan diferente del nuestro.
Recuerdo en mi soledad que árboles e indígenas hacían calle ,el canto de los pájaros y de chicharras hacían acompañamiento a las preguntas que brotaban de mi imaginación, el entorno cargado de olores a frutas maduras y colores, vuelos inquietos de árbol en árbol, aquello era una fiesta plagada de sorpresas y admiración.
Una vez pude ver una liebre del tamaño de un perro mediano, tan extraña como grande que también hubo de sorprender a mis abuelos.En esa oportunidad la abuela me dejo ver in sitú el portento, yo siempre atisbaba lo que sucedia escondida detrás de las puertas.
Los indios la habían cazado, la liebre yacía en el piso ,sus largas orejas y sus patas estiradas , dura ,miraba inexpresivamente nuestra curiosidad, la habían traído viva a diferencia de otras veces en que las traian muertas. Ellos solían traer animales muy raros que yo no reconocia, así aprendí tempranamente que se podia comer cola de iguana y yacare, o esas grandes aves zancudas que veía en el paisaje desolado de mi infancia, mucho antes de que en mi barrio actual lo trajeran como una exquisitez para degustar.
El animal herido soportaba nuestra curiosidad como esos seres resignados que se refugian en la indiferencia, su mirada expatriada del mundo. Parecía no respirar, así disimulaba su estado . Yo la tocaba con el pie bajo la reprobación de mi abuela que siempre trataba de frustrar mis experiencias , no se movía, quizás su pavor fuera lo suficientemente grande ante los gigantes que la rodeaban y esa niña que curiosa intentaba incentivarla a la acción, era mas el dolor de verla inerme que la curiosidad, queria, deseaba que se fuera de un salto feroz, asustando a todos. Muchos sentimientos actuales frente a seres inermes me recuerdan a la liebre , al contrario de la frecuente idea del animal en movimiento de huida ante el enemigo.
La abuela en otro orden de cosas tenia la falsa idea de que si los indios me veían podían llegar a pensar en mi como una cautiva y llevarme lejos de ellos sin que se dieran cuenta en unos de esos paseos a escondidas que yo hacia hacia los limites del pueblo, aun cuando me tenían prohibido alejarme mas de dos casas a la derecha y a la izquierda de la que habitábamos.
Niña rebelde decian, rebelde en el sentido de no hacer lo que decian, no habia mas que busqueda,a escondidas, ya que es de esa manera en que los niños aprenden, los años de nomadismo eran un refugio en los sueños, comienzo de una búsqueda penitente de objetos coleccionables, el recuerdo comienza con la caza de tesoros de variada índole, zoológicos, una naturalista apasionada de las formas, semillas de arboles desposeídas, ramas torturadas por el tiempo, plumajes caídos del nido, metales preciosos roídos por el aire, y cuando la fortuna era inmensa algun pequeño esqueleto blanquedo,pulido por el sol despiadado, todo perfeccionaba mi arsenal privado, allí conservaba, decantaba, ocultaba, descubría con sorpresas y placer. Los deslumbramientos que me tenia reservada la vida en aquel mundo me daban la medida de mis logros, de los que era capaz a espaldas del mundo adulto.
Los adultos suelen perderse a menudo las acciones de sus niños, así que observadora desde temprana edad sabia que podia confiar en que ellos serian consecuentes con lo que yo había establecido sobre su comportamiento,que "eran descuidados".
Si hubiera sido cierta la idea de mi abuela, de la cual mi abuelo reía de buena gana, desde que comence a vivir con ellos los indios me hubieran llevado, bien podia ser una de ellos por mi fisonomia, rasgos que aun conservo, incluso en la mirada de los otros, ya que en un retrato que me hizo mi pareja en la adolescencia parezco una verdadera indigena, y no pocos que venian a nuestra casa no hacian la observacion de lo obvio.
La verdad es que muchas veces leyendo historias de cautivas he pensado que hay algo de romántico en esos relatos, pero si me atengo al recuerdo aunque sea engañoso debo decir que yo nada de romántico veía en esos seres flacos y desaliñados que venían a casa del abuelo, mas bien famélicos, con los ojos implorantes, grandes como los míos, con andrajosas ropas que les colgaban, los pies descalzos y callosos, esto era motivo de que a veces en invierno la abuela les daba mis zapatillas , no sin mis berrinches, y luego me iban a comprar otras.
Para mi la esencia de estas apariciones era la tristeza, el deseo de ayudarlos, de hablarles con amistad y mi abuelo cumplía con esos ítems. Lo que yo aun no era capaz de comprender por mi poca edad, es que estos seres que parecían infelices no lo eran ya que ellos contaban con la única mujer, que era paz de comprenderlos, guardar silencio, cobijarlos y protegerlos, su amada tierra, de la que solo muertos saldrían.
Creo que desde ahora pensare en ese relato de Piglia como algo explicable y no como una recurrencia sin motivo, creo que la literatura tiene para mi ese lugar de revelación de lo ya sabido, solo que oculto en el pasado no terminaba de salir a la luz.
©Cecilia Maidana
