En la infancia de L, no hubo relatos sobre héroes de la patria. Su familia no contaba con personajes que lucharon en las guerras de la independencia, la tradición argentina no les debía nada .No había leyenda familiar.
Recordaba buscar ávidamente en los cuentos que caían en sus manos, historias sobre esos hombres héroes que luego transformados en abuelos relataban a sus nietos las glorias pasadas, sangrientas contiendas, extractos de sangre coagulada sobre la tierra, miembros despedazados por manos diestras, entrevero de rencores y escupitajos de odio. Pero nada de esto le pertenecería nunca.
En un pueblo perdido del norte argentino donde la historia tejería un capítulo más de explotación del hombre por el hombre, ella solía pasar largas temporadas. Los días de su infancia le parecían una sucesión de la nada, lejos de la verdad, eso lo hubo de aprender cuando grande.
En ese rincón del mundo vivía su abuelo, hombre pequeño, delgado y taciturno, no comunicaba mucho con palabras y trabajaba en una fábrica.
Solía seguirlo a todas partes sin sentir jamás rechazo, era su compañero. Sin embargo había algo que la inquietaba. Sentía el amor que el abuelo profesaba a sus perros y le hacía sufrir la mordida de los celos. Un sabor a destierro le subía a la boca al ver ese desvelo sin límites, y aunque ella también los quería, a veces el odio era feroz. Ellos, hermosos y orgullosos eran sus mejores amigos.
Altos, de patas largas y oreja s atentas, pelaje gris con manchas negras uno, y blanco con manchas marrones el otro, altivos, fiesteros. Su dueño los acicalaba, los cuidaba de los parásitos que abundaban en ese clima abrasante, sacaba sus gusanos sin asco, o sangrientas garrapatas entre sus dedos callosos y deformados por la artrosis. Con ellos compartía su pasión por la caza. A ella le estaba solo destinada ser su ayudante a la hora de cargar los cartuchos de escopeta, compartían la tarea como si de una ceremonia se tratara, cargaba con una cucharita pequeña y redondita unos tubitos colorados y luego él los sellaba con cera y los apretaba con una maquinita, así las horas transcurrían comiendo chocolates, obsequios que el abuelo le hacía.
Nada la consolaba cuando los veía salir juntos rumbo al monte, escopeta al hombro ,los perros manchados de felicidad no reparaban en nada, su mirada estaba en ese hombre que iba silbando bajito, con la ferocidad colgada de su hombro, sentía bronca de esa amistad de sangre y libertad.
El retorno no era menos espectacular, embarrados, sucios de muerte y placer. Perdices y patos colgados de la perdicera del hombre, con sus picos exánimes y plumas de colores verdes, pardos y negras salpicadas de rojo, una demostración de impunidad que nunca olvidaría.
El asco vomitaba de su boca, corría a esconderse del matador, ya no reconocía a los extraños que volvían, hasta días después en que paulatinamente podía ver los ojos negros de su abuelo brillando en la oscuridad, con la brasa del cigarrillo alumbrándolos.
El era feliz, ella observaba. Los perros no conformes con la aventura se mordisqueaban entre ellos recordando la persecución de la presa, hundiéndose los dientes hasta que uno salía lastimado y disparaba poniéndose a salvo de la ferocidad y el exceso, el sabor de la sangre les duraba hasta la próxima escaramuza.
Su abuelo nada supo nunca lo que ella sentía, era generoso con los silencios, en aquel ambiente nadie hablaba mucho, usualmente parcos, gente de campo decían.
En ella aún no había florecido el placer que las palabras irían grabando en su espíritu a partir de las primeras experiencias con la lectura. Compartían silencio, cruzado de gestos y caricias que prodigaba con sus manos ásperas.
La abuela empecinada en su educación práctica y viendo que se transformaba en una rebelde salvaje la enviaba a lo de una tía para que le enseñara a bordar. Cuando grande, ella hubo de pensar en aquella práctica como la escritura sublime del hilo en una tela de brillantes colores.
Quizás fuera ese el comienzo de su desasosiego. Los preceptos del bordado se parecían sin forzar demasiado a los que se ponen al escribir: cuidado, limpieza, elegir las palabras como los hilos, para que su combinación sobre la tela nos brinde el máximo placer. Ecos del pasado.
El tiempo desesperaba, la soledad crecía como una piel, tropelías y rebeldías eran comunes en su agenda diaria acosando a la familia.
En las calles de tierra carros y caballos en días de lluvia engendraban hondos surcos, cicatrices y heridas profundas, siguiendo sinuosidades ella hundía sus pies, raíces en el fango achocolatado, tramaba historias y los perros siguiéndola alborotaban la cuadra.
Su abuela además de su dulzura, sus dedos de chocolate, le legaba una cuota de tormento, observaba como cosía los parpados de las gallinas que caían en sus manos, ella incapaz de verbalizar su horror se orinaba en sus pantaloncitos cuando la obligaban a colaborar en la tarea, maneras de imponer su voluntad. Su abuelo sería acusado de instigador en el ejercicio de su libertad. El destierro de su reino se impuso y le fueron negando paulatinamente el mundo masculino, la división de los géneros era por su bien decían,
El tiempo, transcurre, vela la infancia. Hoy la vida me obliga a otros escenarios, y en ellos los encuentros con personajes del pasado se suceden. Uno en especial me intimida, el que me pone frente al abuelo. Claro que el abuelo ya está muerto, pero está vivo, allá en su casa encalada del norte.
Decidida a exorcizar mis miedos, planeo un viaje al pueblo de mi infancia. En la noche cerrada la zozobra me habita, las preguntas asaltaban mi lógica acorralándola. Pastilla calmante para la imaginación que genera sus monstruos, me esperaba un largo viaje, muy incierto y teñido de sentimientos encontrados .
Pero finalmente me dormí, si fue una hora o instante no sabría decirlo. Golpearon a la puerta de la habitación, sentí mi voz diciendo: - ¡adelante!-, de inmediato mi abuelo irrumpió en la habitación con su andar cansino y su bigote blanco, llevaba una chaqueta de duro algodón, su habitual vestimenta de trabajo, era un hombre de campo, se notaba en su ropa.
-Abuelo, dije, -que suerte llegó antes de que durmiera, que es lo que lo trae tan lejos.
-Vengo a decirte algo, no quiero que te desveles, pero debo anticiparte que el sitio al que vas ya no existe.
-Abuelo, eso ya lo sé-, contesté, -pero igual se me ocurrió que podría encontrarlo en los restos de su casa.
-Eso me ha dado mucha inquietud.De eso es que quiero que hablemos, cuando vos de noche no podes dormir quiero decirte que yo estoy allí, dictándote las cosas que se te ocurrirán al escribir para encontrarte con tu infancia, me contacto con vos para que puedas recordar con certeza nuestra vida en común.
Algo de eso se me había ocurrido alguna vez abuelo, quizás lo he sabido siempre.-
-Ese bendito insomnio del que tanto sufres es mi culpa, necesito que me disculpes por ello, he sido tu acompañante de tantas noches en que no descansabas y te lo pasabas escribiendo, he sido una molestia para ti.
-Quiero decirle que no se sienta tan culpable, ya que también papá me visita de cuando en cuando, me habitan tantas voces y han contribuido tanto a mi deseo de escribir, como para que nadie se sienta especialmente culpable. Esas noches han sido una herencia de la cual jamás se me ocurriría abjurar, he disfrutado vuestras visitas y las cosas que me dictaste han abierto mis ojos con el tiempo, ya que soy lenta para elaborar. Han hecho de mí una escritora privada, pues nadie conoce mi obra.
El abuelo se sentó al borde de la cama y tomando mi mano con las suyas callosas y ásperas, susurró, “hay tantas cosas que quiero decirte”.
-Dígalas abuelo, nadie tiene más verdad en mi vida que ud. dígalas tranquilo, disfruto sus palabras.
-Siempre he pensado que ocupé en tu vida un lugar que no me correspondía, el lugar de un padre, dado que el tuyo estaba lejos y yo debía ser una figura para vos.Y es verdad, lo entiendo.
-He sido y soy una persona humilde y sencilla, así fue mi vida, la que vos conociste.
-Sí y la que me ha llevado a elegir a los hombres sencillos, sin petulancias de ningún tipo, la que me ha llevado a escribir todo lo que ud me ha dejado.
-Viví una vida pequeña, con tu abuela y mis perros, en una casa de campo donde podía sentirse la lluvia caer sobre los techos de chapa, y solo he hablado de lo que conocía, las estaciones, los animales y la familia. He sido un hombre sin instrucción, a diferencia de vos que sos una profesional, y vivís en una gran ciudad, rodeada de cosas bellas y de libros.
-Lo sé, pero si no fuera por ud. yo hubiera sido muy desdichada, y me enseñó casi todo lo que recuerdo, fue mi maestro le debo lo aprendido, puedo escribir.
Pero ¿cómo es posible que yo sea quien te enseñó, alguien que no ha hecho siquiera el tercer grado?
-No puedo explicar lo que me legó,lo poco siempre es mucho,no tiene explicación, provienen de la vida que llevó, los hombres ocultan en su corazón tantas cosas, no preguntemos, yo estoy agradecida. Lo necesitaba abuelo, logró que me sintiera necesitada, crecí en su compañía.Fue mi guía y mi maestro, de todas las persona de mi vida, yo lo he elegido, y por eso voy a ir a visitarlo a su casa, en el pueblo construido por sus benditos ingleses, y no importa que nada que lo que viví hoy no sea real.
-Descubrí que la grandeza no descansa solo en un pasado de gloria familiar, que está en el corazón del hombre y que depende de cada uno de nosotros que la hagamos posible.
"Desespero al elegir una palabra,las demás se me ofrecen como putas."
jueves, 27 de enero de 2011
martes, 18 de enero de 2011
UN DIA CUALQUIERA
Un día sin aviso previo un libro decide perderse en la biblioteca, en ese cosmos de palabras, títulos, autores agendados, archivado con esmero, sin embargo se pierde. No encuentro el texto que busco, recorro una y mil veces las tres o cuatro bibliotecas de la casa, los de abajo del carrito al costado del sillón de lectura, y nada se produce, solo el vacío adentro y afuera, ya que no recuerdo a mi mano trasladarlo de un lugar a otro.
Sitúo un momento en esta vorágine de pérdidas, no es el primer libro que traspapelo, antes se escurrió “Cartas a Milena” de Kafka,” Rio de las congojas” de Libertad Demitrópulos y otros.Curiosa manera de encontrarme con la pérdida, leo un artículo y digo ¡ qué suerte no tengo que comprar este libro, lo tengo en mi biblioteca!. Sueño de alta calidad que me habita, tener todos los libros que me interesan, a la vez sé que sería inmensamente aburrido, pero me tranquilizo cuando tengo el libro deseado, no tengo que pensar en comprarlo, en salir de casa y perder el tiempo de ir a una biblioteca, lo cual es un contrasentido, pues me apasiona ir a las librerías y mirar, tomar un libro irme al bar y leer párrafos escogidos. Pero sí reconozco que me tranquiliza tener los libros que quiero en mi biblioteca, pensándolo bien será porque me garantizan el nivel de mis lecturas, el hecho de que ya lo leí y pertenece a mi memoria cultural, me satisface.
Pero no, el libro no aparece, recuerdo, tiempo, lugar y momento en que lo he comprado en el pasado, pero en el universo de mi biblioteca él se pierde, decide no encontrarme como yo lo encontré a él.
Pienso,¿ será alguna especie de venganza cruel de los libros hacia mí? sé que no los cuido como debe ser, “mea culpa”, sé que las más de las veces no los archivo como debo, en el momento debido, sé que los presto y los pierdo por tiempos indeterminados, bah, hasta que el amigo que recibió el préstamo decide que no le interesa tenerlo en su biblioteca y magnánimo me lo devuelve, y yo sin recordar siquiera que se lo había prestado pongo cara de que ¡era hora che!, pero en realidad ignoraba que tenía el libro en su poder.
Digo, quizás me merezco que se pierdan y no encontrarlos en raides sucesivos, no simultáneos en mi biblioteca.Bien esta vez desapareció “Infancia en Berlín” de Walter Benjamin, no puedo decir lo que significa ese libro para mi, sé que puedo comprarlo, pero no, yo ya lo tenía, ¿lo presté?, no, me digo una y mil veces no, ¿a quién le puede interesar de mis amigos leer a Benjamín, quien puede tenerlo?
Sé que no salió de casa y entonces entro en pánico, igual que Kafka, ¿acaso una venganza de los escritores, que sucede , adónde van a parar mientras yo busco, dónde se refugian de mi voracidad?
En el recorrido por los estantes encuentro de todo, papeles perdidos, fotos, cartas, tarjetas, señaladores, tierra, en grandes cantidades, recorro sus lomos y se desprende de ellos una nube imperceptible que me hace estornudar, me digo –¡que dejada! -, sigo buscando, aprisiono libros. Busco con una linternita alógena que tiene mi marido en su mesa de luz y a la cual recurro cuando busco un libro a la noche y no quiero prender la luz. Imitando a los de la serie forense CIS, me pongo bizca leyendo los títulos que no logro ver porque ya estoy un poco ciega con la edad y la miopía. Y…nada, no aparece, me conformo diciéndome que "ya aparecerá, que está en casa, que lo leeré después", que “más busco menos encuentro”.
Pero la incertidumbre crece, la verdad es que no sé qué pensar, me fastidio culpándome de mi desacierto en la manera de ordenarlos en estantes, por obras, por autor, por temas, por géneros, o por disciplina, ¡ha! podría seguir.
La verdad es que no ficho, solo a medias, solo cuando tengo ganas, reconozco que lo que más me apasiona es tener los libros en mi mesa de luz y no sacarlos de allí y se forman torres, con polvo, generan un desorden descomunal, entre papeles diarios, boletas de impuestos que pagar, lápices para marcar páginas, marcadores varios de librerías donde los compro, pastillas para la presión y la levotiroxina, lentes, planilla diaria de la institución donde trabajo, cajas negras que intentan contener el desorden de mis días, fotos y más fotos, recuerdos, cajitas, souvenirs, mis lentes, a veces pañuelos, vasos de agua para la noche, y ese cosmos que me acompaña cada día de mi vida, se recarga con los mundos de cada libro estacionado allí.
Confieso,es donde querría que se armara la biblioteca ideal, donde siempre encontraría los textos que amo, los que quiero consultar, los que me acompañan en la tarea de pensar y entender algunas cosas de esta vida complicada y deseosa que he elegido tener, mis dudas y las de otros, lugar por excelencia de esta persona íntima que soy.
A la imposibilidad de que así sea le opongo el traslado de las obras a otros lugares remotos de la casa, de donde luego el exilio impuesto me demuestra que no es fácil volver a casa, la mesa de luz.
Impuesto ese exilio a otros espacios se sufre la pérdida, como sugieren todos los que han sido exiliados, pérdida de identidad, pérdida del referente, de lo cotidiano, de lo que nos acompaña toda una vida, de lo conocido y de lo normal, como decimos cuando queremos explicar algo que no lo es.
Debe parecer un poco extraño que diga pérdida de la identidad, pero es así, pierdo mi identidad cada vez que un libro se me esconde, creo que Alicia en el país de las maravillas se encuentra con ellos en algún instante de su viaje.
Hay otra realidad, lo compruebo cada vez que me acontece esta pérdida, hay otro lugar por fuera de la percepción de lo real.
Debo dejar de buscar y esperar a que ellos se decidan regresar a mi, para mostrarme que tienen vida, que yo los doté de esa vida al sacarlos de la librería donde descansaban de su autor y del tecleo incesante de la máquina. Y mientras tanto la incertidumbre…
C.M
Copyright CECILIA MAIDANA© Todos los Derechos Reservados – 2010.
Sitúo un momento en esta vorágine de pérdidas, no es el primer libro que traspapelo, antes se escurrió “Cartas a Milena” de Kafka,” Rio de las congojas” de Libertad Demitrópulos y otros.Curiosa manera de encontrarme con la pérdida, leo un artículo y digo ¡ qué suerte no tengo que comprar este libro, lo tengo en mi biblioteca!. Sueño de alta calidad que me habita, tener todos los libros que me interesan, a la vez sé que sería inmensamente aburrido, pero me tranquilizo cuando tengo el libro deseado, no tengo que pensar en comprarlo, en salir de casa y perder el tiempo de ir a una biblioteca, lo cual es un contrasentido, pues me apasiona ir a las librerías y mirar, tomar un libro irme al bar y leer párrafos escogidos. Pero sí reconozco que me tranquiliza tener los libros que quiero en mi biblioteca, pensándolo bien será porque me garantizan el nivel de mis lecturas, el hecho de que ya lo leí y pertenece a mi memoria cultural, me satisface.
Pero no, el libro no aparece, recuerdo, tiempo, lugar y momento en que lo he comprado en el pasado, pero en el universo de mi biblioteca él se pierde, decide no encontrarme como yo lo encontré a él.
Pienso,¿ será alguna especie de venganza cruel de los libros hacia mí? sé que no los cuido como debe ser, “mea culpa”, sé que las más de las veces no los archivo como debo, en el momento debido, sé que los presto y los pierdo por tiempos indeterminados, bah, hasta que el amigo que recibió el préstamo decide que no le interesa tenerlo en su biblioteca y magnánimo me lo devuelve, y yo sin recordar siquiera que se lo había prestado pongo cara de que ¡era hora che!, pero en realidad ignoraba que tenía el libro en su poder.
Digo, quizás me merezco que se pierdan y no encontrarlos en raides sucesivos, no simultáneos en mi biblioteca.Bien esta vez desapareció “Infancia en Berlín” de Walter Benjamin, no puedo decir lo que significa ese libro para mi, sé que puedo comprarlo, pero no, yo ya lo tenía, ¿lo presté?, no, me digo una y mil veces no, ¿a quién le puede interesar de mis amigos leer a Benjamín, quien puede tenerlo?
Sé que no salió de casa y entonces entro en pánico, igual que Kafka, ¿acaso una venganza de los escritores, que sucede , adónde van a parar mientras yo busco, dónde se refugian de mi voracidad?
En el recorrido por los estantes encuentro de todo, papeles perdidos, fotos, cartas, tarjetas, señaladores, tierra, en grandes cantidades, recorro sus lomos y se desprende de ellos una nube imperceptible que me hace estornudar, me digo –¡que dejada! -, sigo buscando, aprisiono libros. Busco con una linternita alógena que tiene mi marido en su mesa de luz y a la cual recurro cuando busco un libro a la noche y no quiero prender la luz. Imitando a los de la serie forense CIS, me pongo bizca leyendo los títulos que no logro ver porque ya estoy un poco ciega con la edad y la miopía. Y…nada, no aparece, me conformo diciéndome que "ya aparecerá, que está en casa, que lo leeré después", que “más busco menos encuentro”.
Pero la incertidumbre crece, la verdad es que no sé qué pensar, me fastidio culpándome de mi desacierto en la manera de ordenarlos en estantes, por obras, por autor, por temas, por géneros, o por disciplina, ¡ha! podría seguir.
La verdad es que no ficho, solo a medias, solo cuando tengo ganas, reconozco que lo que más me apasiona es tener los libros en mi mesa de luz y no sacarlos de allí y se forman torres, con polvo, generan un desorden descomunal, entre papeles diarios, boletas de impuestos que pagar, lápices para marcar páginas, marcadores varios de librerías donde los compro, pastillas para la presión y la levotiroxina, lentes, planilla diaria de la institución donde trabajo, cajas negras que intentan contener el desorden de mis días, fotos y más fotos, recuerdos, cajitas, souvenirs, mis lentes, a veces pañuelos, vasos de agua para la noche, y ese cosmos que me acompaña cada día de mi vida, se recarga con los mundos de cada libro estacionado allí.
Confieso,es donde querría que se armara la biblioteca ideal, donde siempre encontraría los textos que amo, los que quiero consultar, los que me acompañan en la tarea de pensar y entender algunas cosas de esta vida complicada y deseosa que he elegido tener, mis dudas y las de otros, lugar por excelencia de esta persona íntima que soy.
A la imposibilidad de que así sea le opongo el traslado de las obras a otros lugares remotos de la casa, de donde luego el exilio impuesto me demuestra que no es fácil volver a casa, la mesa de luz.
Impuesto ese exilio a otros espacios se sufre la pérdida, como sugieren todos los que han sido exiliados, pérdida de identidad, pérdida del referente, de lo cotidiano, de lo que nos acompaña toda una vida, de lo conocido y de lo normal, como decimos cuando queremos explicar algo que no lo es.
Debe parecer un poco extraño que diga pérdida de la identidad, pero es así, pierdo mi identidad cada vez que un libro se me esconde, creo que Alicia en el país de las maravillas se encuentra con ellos en algún instante de su viaje.
Hay otra realidad, lo compruebo cada vez que me acontece esta pérdida, hay otro lugar por fuera de la percepción de lo real.
Debo dejar de buscar y esperar a que ellos se decidan regresar a mi, para mostrarme que tienen vida, que yo los doté de esa vida al sacarlos de la librería donde descansaban de su autor y del tecleo incesante de la máquina. Y mientras tanto la incertidumbre…
C.M
Copyright CECILIA MAIDANA© Todos los Derechos Reservados – 2010.
lunes, 10 de enero de 2011
domingo, 9 de enero de 2011
jueves, 6 de enero de 2011
-En el espacio mágico de la cocina, en un tiempo irreal, pensaba que los deseos de su madre se guardaban en frascos trasparentes en la alacena, allí escondidos entre cristales multicolores, frascos llenos de dulces y confituras, o especias, untuosos licores que destilaba a lo largo del año con los que domaba su rebeldía, negaba su inconformismo.
Cuando ella fue grande, ahíta de colores y sabores, cuando la magia se había disipado, entró en esa calculada distribución del amor de su madre. La madre que todo lo da repartía licores de café, de mandarina, de chocolate o de huevos, así como bombones de zanahorias y chocolate.
Regia en el hacer atrapaba voluntades con ribetes de primoroso crochet. Desplegaba como una gran araña sus patas y con cada una de ellas abarcaba años de inquietud y vivencias imposibles. Trazado de un dibujo dentro del dibujo que resaltaba con diminutos cristales multicolores, ficciones en cajas pintadas a manos.
El colmo de su amor, de su don, era el tejido de una manta de grandiosidad emotiva. El poder cobijaba solo a los elegidos.
Como un rompecabezas armaba la estructura de una gracia que enajenaba al escogido. Un tejido de emociones, pasiones, y múltiples filamentos que eran considerados privilegios. Ella tejía palabras de amor, hilvanaba palabras de odio y en su conjunto era una cesión absolutamente arbitraria.
Al final, sus manos respondiendo a un enigma, a un trazado errático ya no pudieron seguir una línea o realizar con decoro un dibujo.
Cuando ella fue grande, ahíta de colores y sabores, cuando la magia se había disipado, entró en esa calculada distribución del amor de su madre. La madre que todo lo da repartía licores de café, de mandarina, de chocolate o de huevos, así como bombones de zanahorias y chocolate.
Regia en el hacer atrapaba voluntades con ribetes de primoroso crochet. Desplegaba como una gran araña sus patas y con cada una de ellas abarcaba años de inquietud y vivencias imposibles. Trazado de un dibujo dentro del dibujo que resaltaba con diminutos cristales multicolores, ficciones en cajas pintadas a manos.
El colmo de su amor, de su don, era el tejido de una manta de grandiosidad emotiva. El poder cobijaba solo a los elegidos.
Como un rompecabezas armaba la estructura de una gracia que enajenaba al escogido. Un tejido de emociones, pasiones, y múltiples filamentos que eran considerados privilegios. Ella tejía palabras de amor, hilvanaba palabras de odio y en su conjunto era una cesión absolutamente arbitraria.
Al final, sus manos respondiendo a un enigma, a un trazado errático ya no pudieron seguir una línea o realizar con decoro un dibujo.
lunes, 3 de enero de 2011
Bajo un cielo plano, la calle
punto en fuga que brinda su exterioridad íntima.
dibujos incompresibles, colores sensuales se presentan a la lente,
seduciendo con un lenguaje que no es el mío, pero hecho para mi,
autor y observador compartimos muro, tiempo y espacio.
No basta la mirada fugaz ,
siniestra repetición de ese momento en que conecta con su hacedor,
juego y pasión,
la cámara instrumento vejatorio aliada al instante,
atrapa el mensaje que espera.
punto en fuga que brinda su exterioridad íntima.
dibujos incompresibles, colores sensuales se presentan a la lente,
seduciendo con un lenguaje que no es el mío, pero hecho para mi,
autor y observador compartimos muro, tiempo y espacio.
No basta la mirada fugaz ,
siniestra repetición de ese momento en que conecta con su hacedor,
juego y pasión,
la cámara instrumento vejatorio aliada al instante,
atrapa el mensaje que espera.
domingo, 2 de enero de 2011
EL LEGADO
El único mueble de mi madre al que podía acceder sin que me reprendiera por inmiscuirme en cosas ajenas, era la alacena que estaba ubicada en un costado de la cocina.Mi afición por los lugares cerrados provenía de una vocación por el secreto y el ocultamiento que había aprendido tempranamente, estrategias que mis padres practicaban y se desviaban de los fines que perseguían.
Pensaba que los muebles prohibidos de mis padres eran mi heredad, me obligaban a elegir en esa heredad, sentía que guardaban objetos siniestros, me era indiferente a cuál podía acceder siempre que fueran de ellos. Introducirme a los lugares más recónditos de esos muebles vedados significaba un viaje seductor y fantástico a lo desconocido.Para mi encubría una tradición, según antiquísima costumbre mamá ponía sus cosas en cajas, cajitas, compartimentos, y mucha veces envolvía cosas valiosas en medias que eran descartadas del uso.
La prohibición resultaba un acicate mayúsculo para mi imaginación, desenfrenada en aquella época, creía captar en aquellos fragmentos de su existencia la esencia de mis seres queridos.Si encontraba algún nuevo calcetín enrollado con cosas en su seno la respiración se me ponía frenética, me latía el corazón y podía sentir adrenalina surcando los canales de mis venas.
A la distancia de aquellas incursiones vedadas yo salía más proclive a fantasear historias, y con una sensibilidad nerviosa surgida de esa heroicidad.Me convertí en una apostata de los lugares sagrados de la familia, a nadie se le escapaba que allí nuestros progenitores escondían dinero, joyas o secretos que merecían ser ocultados.
En plano de descubrir, un libro muy gordo llamó mi atención, en su portada se divisaba un cuerpo humano en su interioridad, abrirlo significaba un castigo severo del cual me fue imposible tener perspectiva alguna.Planee con discreción y sin compartir, característica mía en la infancia, sacar aquel libro de su guarida, pues barruntaba que en sus hojas, muchas por cierto, debía encontrar magia y fabulosos secretos.Comenzaba una etapa en que la principiante que era en estos menesteres iba complejizándose, para transformarme en la reina de las atisbadoras.Recuerdo la primera vez en que el libro salió de su ostracismo, si su peso se hubiera convertido en oro hubiera sido rica, y hubiera importado menos que la suma de todas sus hojas. Estas eran finas, algunas de suave trasparencia y con abundantes grabados, coloridos, inexplicables a mis ojos, sin que por eso perdiera el máximo valor asignado al descubrimiento.Me sentía proclive a divulgar mis nuevos conocimientos y así convertirme en un portento de saber, pues advertía que allí, entre esas páginas estaba la verdad que los adultos negaban a nuestra curiosidad. Pero aquella profanación al vientre de los muebles de mis padres sería menos valorada ,que castigada, callé entonces en orden de una previsión intuida, más que sabida.
El mueble que contenía el libro en cuestión iba rodeándose de un aire malsano, así lo entendía y
que cada incursión en su interior significaba la pérdida de la fe de mi madre en mi. Aún así introducía mi mano hasta encontrarlo entre la ropa de invierno, a veces por el grado de ansiedad que desplegaba no lo encontraba con la premura que me era habitual y sospechaba con odio que mis padres lo habían sacado del lugar para mi pesar.
Desarrollé ver con mis oídos, cualquier ruido era una visión de quien se acercaba, esta operación tuvo que ser pagada con una pérdida. La llegada de mi padre me era advertida por los ruidos producidos por las llaves que colgaban de su cinturón, me hacían visualizar cada lugar que recorría antes de que llegara a la habitación para cambiarse de ropa.
Presenciaba sin saberlo el fin de mi inocencia y la prohibición había sido quien lo hiciera posible, ya no encontraba más magia en otras cosas que no fueran las que necesitaran de mi atrevimiento.Poco importante fue el hecho de que aquel libro solo se tratase del cuerpo humano sin velos, órganos internos y externos que nunca había visto con tanta verosimilitud, la historia de la humanidad en sus órganos no despertaron en mi más que indiferencia, pero las sensaciones de llegar hasta él marcaron una vía facilitada para sentir.Había diferido y luego obtenido un placer espúreo por espiar las cosas de otros.
Con la exactitud de quien conoce el derrotero me apliqué al caos de los cajones de mi padre donde se acumulaban objetos de todo tipo, producto de excursiones por la ciudad y sus viajes. Motivado por un coleccionismo atípico, no le habitaba un deseo de completud, sino el hecho de que fuera en el mejor de los casos, perfectible. De este modo tampoco incorporaba las piezas a un espacio ordenado y artificioso para lucirlas.Esta práctica me exigía veneración y sacrificios, porque lentamente había dejado de jugar con los niños de la casa, para volverme una solitaria que valoraba más la soledad donde podía pensar en aquello descubrimientos.
Aquel hombre, mi padre, pensaba que todo lo que se encerraba vivía por más tiempo, cualquier cosa que le resultaba interesante justificaba suspender su circulación.Nunca supo que compartíamos el placer por lo oculto, y que mi goce era renovar lo antiguo mediante su posesión y esto fue convirtiéndose en el motivo de mi propia colección que poco a poco había ido amontonándose en los cajones y muebles de mi habitación, convirtiéndome en una especie de semejante de mi padre, quien una vez desaparecido dejó a mi cuidado todos sus tesoros.Abrir aquellas cajas a la luz del sol, ya no suscitaban la misma sensación que en el pasado en la oscuridad de su habitación, no porque hubiera conocido su contenido. Sabía que allí se encontraba un tesoro de valor incalculable consistente en el coleccionismo de inutilidades como monedas de plata, billetes antiguos, fotos antiguas, biromes con una bailarina en su interior sumergida en un líquido que si se lo mecía se quedaba sin ropa, juguetes a cuerda que ejecutaban diferentes movimientos, estiletes regalados o comprados en sus viajes, pelotas de colores con animales en su interior, lápices y gomas de diferentes diseños y colores, linternas pequeñas, y cuanta curiosidad había pasado por sus manos durante su larga vida.Una colección única que resultaba difícil ordenar.
De haber sido posible hubiera significado la destrucción de un tesoro mítico perteneciente a lo menos conocido de mi padre, ese lado oscuro que aún permanece intacto y guardado en sus cajas, que se sumaron a las mías en un cuarto en el que mis hijos adoran jugar.
Con ellos una vez cada tanto, entre todos, como en una ceremonia, solemos desplegar la hetereogénea fila de objetos que a medida que se van descubriendo conforman un piélago sobre el piso de la habitación, despertando reverencia y pavor.
C. M
Copyright CECILIA MAIDANA© Todos los Derechos Reservados – 2011.
Pensaba que los muebles prohibidos de mis padres eran mi heredad, me obligaban a elegir en esa heredad, sentía que guardaban objetos siniestros, me era indiferente a cuál podía acceder siempre que fueran de ellos. Introducirme a los lugares más recónditos de esos muebles vedados significaba un viaje seductor y fantástico a lo desconocido.Para mi encubría una tradición, según antiquísima costumbre mamá ponía sus cosas en cajas, cajitas, compartimentos, y mucha veces envolvía cosas valiosas en medias que eran descartadas del uso.
La prohibición resultaba un acicate mayúsculo para mi imaginación, desenfrenada en aquella época, creía captar en aquellos fragmentos de su existencia la esencia de mis seres queridos.Si encontraba algún nuevo calcetín enrollado con cosas en su seno la respiración se me ponía frenética, me latía el corazón y podía sentir adrenalina surcando los canales de mis venas.
A la distancia de aquellas incursiones vedadas yo salía más proclive a fantasear historias, y con una sensibilidad nerviosa surgida de esa heroicidad.Me convertí en una apostata de los lugares sagrados de la familia, a nadie se le escapaba que allí nuestros progenitores escondían dinero, joyas o secretos que merecían ser ocultados.
En plano de descubrir, un libro muy gordo llamó mi atención, en su portada se divisaba un cuerpo humano en su interioridad, abrirlo significaba un castigo severo del cual me fue imposible tener perspectiva alguna.Planee con discreción y sin compartir, característica mía en la infancia, sacar aquel libro de su guarida, pues barruntaba que en sus hojas, muchas por cierto, debía encontrar magia y fabulosos secretos.Comenzaba una etapa en que la principiante que era en estos menesteres iba complejizándose, para transformarme en la reina de las atisbadoras.Recuerdo la primera vez en que el libro salió de su ostracismo, si su peso se hubiera convertido en oro hubiera sido rica, y hubiera importado menos que la suma de todas sus hojas. Estas eran finas, algunas de suave trasparencia y con abundantes grabados, coloridos, inexplicables a mis ojos, sin que por eso perdiera el máximo valor asignado al descubrimiento.Me sentía proclive a divulgar mis nuevos conocimientos y así convertirme en un portento de saber, pues advertía que allí, entre esas páginas estaba la verdad que los adultos negaban a nuestra curiosidad. Pero aquella profanación al vientre de los muebles de mis padres sería menos valorada ,que castigada, callé entonces en orden de una previsión intuida, más que sabida.
El mueble que contenía el libro en cuestión iba rodeándose de un aire malsano, así lo entendía y
que cada incursión en su interior significaba la pérdida de la fe de mi madre en mi. Aún así introducía mi mano hasta encontrarlo entre la ropa de invierno, a veces por el grado de ansiedad que desplegaba no lo encontraba con la premura que me era habitual y sospechaba con odio que mis padres lo habían sacado del lugar para mi pesar.
Desarrollé ver con mis oídos, cualquier ruido era una visión de quien se acercaba, esta operación tuvo que ser pagada con una pérdida. La llegada de mi padre me era advertida por los ruidos producidos por las llaves que colgaban de su cinturón, me hacían visualizar cada lugar que recorría antes de que llegara a la habitación para cambiarse de ropa.
Presenciaba sin saberlo el fin de mi inocencia y la prohibición había sido quien lo hiciera posible, ya no encontraba más magia en otras cosas que no fueran las que necesitaran de mi atrevimiento.Poco importante fue el hecho de que aquel libro solo se tratase del cuerpo humano sin velos, órganos internos y externos que nunca había visto con tanta verosimilitud, la historia de la humanidad en sus órganos no despertaron en mi más que indiferencia, pero las sensaciones de llegar hasta él marcaron una vía facilitada para sentir.Había diferido y luego obtenido un placer espúreo por espiar las cosas de otros.
Con la exactitud de quien conoce el derrotero me apliqué al caos de los cajones de mi padre donde se acumulaban objetos de todo tipo, producto de excursiones por la ciudad y sus viajes. Motivado por un coleccionismo atípico, no le habitaba un deseo de completud, sino el hecho de que fuera en el mejor de los casos, perfectible. De este modo tampoco incorporaba las piezas a un espacio ordenado y artificioso para lucirlas.Esta práctica me exigía veneración y sacrificios, porque lentamente había dejado de jugar con los niños de la casa, para volverme una solitaria que valoraba más la soledad donde podía pensar en aquello descubrimientos.
Aquel hombre, mi padre, pensaba que todo lo que se encerraba vivía por más tiempo, cualquier cosa que le resultaba interesante justificaba suspender su circulación.Nunca supo que compartíamos el placer por lo oculto, y que mi goce era renovar lo antiguo mediante su posesión y esto fue convirtiéndose en el motivo de mi propia colección que poco a poco había ido amontonándose en los cajones y muebles de mi habitación, convirtiéndome en una especie de semejante de mi padre, quien una vez desaparecido dejó a mi cuidado todos sus tesoros.Abrir aquellas cajas a la luz del sol, ya no suscitaban la misma sensación que en el pasado en la oscuridad de su habitación, no porque hubiera conocido su contenido. Sabía que allí se encontraba un tesoro de valor incalculable consistente en el coleccionismo de inutilidades como monedas de plata, billetes antiguos, fotos antiguas, biromes con una bailarina en su interior sumergida en un líquido que si se lo mecía se quedaba sin ropa, juguetes a cuerda que ejecutaban diferentes movimientos, estiletes regalados o comprados en sus viajes, pelotas de colores con animales en su interior, lápices y gomas de diferentes diseños y colores, linternas pequeñas, y cuanta curiosidad había pasado por sus manos durante su larga vida.Una colección única que resultaba difícil ordenar.
De haber sido posible hubiera significado la destrucción de un tesoro mítico perteneciente a lo menos conocido de mi padre, ese lado oscuro que aún permanece intacto y guardado en sus cajas, que se sumaron a las mías en un cuarto en el que mis hijos adoran jugar.
Con ellos una vez cada tanto, entre todos, como en una ceremonia, solemos desplegar la hetereogénea fila de objetos que a medida que se van descubriendo conforman un piélago sobre el piso de la habitación, despertando reverencia y pavor.
C. M
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