En la infancia de L, no hubo relatos sobre héroes de la patria. Su familia no contaba con personajes que lucharon en las guerras de la independencia, la tradición argentina no les debía nada .No había leyenda familiar.
Recordaba buscar ávidamente en los cuentos que caían en sus manos, historias sobre esos hombres héroes que luego transformados en abuelos relataban a sus nietos las glorias pasadas, sangrientas contiendas, extractos de sangre coagulada sobre la tierra, miembros despedazados por manos diestras, entrevero de rencores y escupitajos de odio. Pero nada de esto le pertenecería nunca.
En un pueblo perdido del norte argentino donde la historia tejería un capítulo más de explotación del hombre por el hombre, ella solía pasar largas temporadas. Los días de su infancia le parecían una sucesión de la nada, lejos de la verdad, eso lo hubo de aprender cuando grande.
En ese rincón del mundo vivía su abuelo, hombre pequeño, delgado y taciturno, no comunicaba mucho con palabras y trabajaba en una fábrica.
Solía seguirlo a todas partes sin sentir jamás rechazo, era su compañero. Sin embargo había algo que la inquietaba. Sentía el amor que el abuelo profesaba a sus perros y le hacía sufrir la mordida de los celos. Un sabor a destierro le subía a la boca al ver ese desvelo sin límites, y aunque ella también los quería, a veces el odio era feroz. Ellos, hermosos y orgullosos eran sus mejores amigos.
Altos, de patas largas y oreja s atentas, pelaje gris con manchas negras uno, y blanco con manchas marrones el otro, altivos, fiesteros. Su dueño los acicalaba, los cuidaba de los parásitos que abundaban en ese clima abrasante, sacaba sus gusanos sin asco, o sangrientas garrapatas entre sus dedos callosos y deformados por la artrosis. Con ellos compartía su pasión por la caza. A ella le estaba solo destinada ser su ayudante a la hora de cargar los cartuchos de escopeta, compartían la tarea como si de una ceremonia se tratara, cargaba con una cucharita pequeña y redondita unos tubitos colorados y luego él los sellaba con cera y los apretaba con una maquinita, así las horas transcurrían comiendo chocolates, obsequios que el abuelo le hacía.
Nada la consolaba cuando los veía salir juntos rumbo al monte, escopeta al hombro ,los perros manchados de felicidad no reparaban en nada, su mirada estaba en ese hombre que iba silbando bajito, con la ferocidad colgada de su hombro, sentía bronca de esa amistad de sangre y libertad.
El retorno no era menos espectacular, embarrados, sucios de muerte y placer. Perdices y patos colgados de la perdicera del hombre, con sus picos exánimes y plumas de colores verdes, pardos y negras salpicadas de rojo, una demostración de impunidad que nunca olvidaría.
El asco vomitaba de su boca, corría a esconderse del matador, ya no reconocía a los extraños que volvían, hasta días después en que paulatinamente podía ver los ojos negros de su abuelo brillando en la oscuridad, con la brasa del cigarrillo alumbrándolos.
El era feliz, ella observaba. Los perros no conformes con la aventura se mordisqueaban entre ellos recordando la persecución de la presa, hundiéndose los dientes hasta que uno salía lastimado y disparaba poniéndose a salvo de la ferocidad y el exceso, el sabor de la sangre les duraba hasta la próxima escaramuza.
Su abuelo nada supo nunca lo que ella sentía, era generoso con los silencios, en aquel ambiente nadie hablaba mucho, usualmente parcos, gente de campo decían.
En ella aún no había florecido el placer que las palabras irían grabando en su espíritu a partir de las primeras experiencias con la lectura. Compartían silencio, cruzado de gestos y caricias que prodigaba con sus manos ásperas.
La abuela empecinada en su educación práctica y viendo que se transformaba en una rebelde salvaje la enviaba a lo de una tía para que le enseñara a bordar. Cuando grande, ella hubo de pensar en aquella práctica como la escritura sublime del hilo en una tela de brillantes colores.
Quizás fuera ese el comienzo de su desasosiego. Los preceptos del bordado se parecían sin forzar demasiado a los que se ponen al escribir: cuidado, limpieza, elegir las palabras como los hilos, para que su combinación sobre la tela nos brinde el máximo placer. Ecos del pasado.
El tiempo desesperaba, la soledad crecía como una piel, tropelías y rebeldías eran comunes en su agenda diaria acosando a la familia.
En las calles de tierra carros y caballos en días de lluvia engendraban hondos surcos, cicatrices y heridas profundas, siguiendo sinuosidades ella hundía sus pies, raíces en el fango achocolatado, tramaba historias y los perros siguiéndola alborotaban la cuadra.
Su abuela además de su dulzura, sus dedos de chocolate, le legaba una cuota de tormento, observaba como cosía los parpados de las gallinas que caían en sus manos, ella incapaz de verbalizar su horror se orinaba en sus pantaloncitos cuando la obligaban a colaborar en la tarea, maneras de imponer su voluntad. Su abuelo sería acusado de instigador en el ejercicio de su libertad. El destierro de su reino se impuso y le fueron negando paulatinamente el mundo masculino, la división de los géneros era por su bien decían,
El tiempo, transcurre, vela la infancia. Hoy la vida me obliga a otros escenarios, y en ellos los encuentros con personajes del pasado se suceden. Uno en especial me intimida, el que me pone frente al abuelo. Claro que el abuelo ya está muerto, pero está vivo, allá en su casa encalada del norte.
Decidida a exorcizar mis miedos, planeo un viaje al pueblo de mi infancia. En la noche cerrada la zozobra me habita, las preguntas asaltaban mi lógica acorralándola. Pastilla calmante para la imaginación que genera sus monstruos, me esperaba un largo viaje, muy incierto y teñido de sentimientos encontrados .
Pero finalmente me dormí, si fue una hora o instante no sabría decirlo. Golpearon a la puerta de la habitación, sentí mi voz diciendo: - ¡adelante!-, de inmediato mi abuelo irrumpió en la habitación con su andar cansino y su bigote blanco, llevaba una chaqueta de duro algodón, su habitual vestimenta de trabajo, era un hombre de campo, se notaba en su ropa.
-Abuelo, dije, -que suerte llegó antes de que durmiera, que es lo que lo trae tan lejos.
-Vengo a decirte algo, no quiero que te desveles, pero debo anticiparte que el sitio al que vas ya no existe.
-Abuelo, eso ya lo sé-, contesté, -pero igual se me ocurrió que podría encontrarlo en los restos de su casa.
-Eso me ha dado mucha inquietud.De eso es que quiero que hablemos, cuando vos de noche no podes dormir quiero decirte que yo estoy allí, dictándote las cosas que se te ocurrirán al escribir para encontrarte con tu infancia, me contacto con vos para que puedas recordar con certeza nuestra vida en común.
Algo de eso se me había ocurrido alguna vez abuelo, quizás lo he sabido siempre.-
-Ese bendito insomnio del que tanto sufres es mi culpa, necesito que me disculpes por ello, he sido tu acompañante de tantas noches en que no descansabas y te lo pasabas escribiendo, he sido una molestia para ti.
-Quiero decirle que no se sienta tan culpable, ya que también papá me visita de cuando en cuando, me habitan tantas voces y han contribuido tanto a mi deseo de escribir, como para que nadie se sienta especialmente culpable. Esas noches han sido una herencia de la cual jamás se me ocurriría abjurar, he disfrutado vuestras visitas y las cosas que me dictaste han abierto mis ojos con el tiempo, ya que soy lenta para elaborar. Han hecho de mí una escritora privada, pues nadie conoce mi obra.
El abuelo se sentó al borde de la cama y tomando mi mano con las suyas callosas y ásperas, susurró, “hay tantas cosas que quiero decirte”.
-Dígalas abuelo, nadie tiene más verdad en mi vida que ud. dígalas tranquilo, disfruto sus palabras.
-Siempre he pensado que ocupé en tu vida un lugar que no me correspondía, el lugar de un padre, dado que el tuyo estaba lejos y yo debía ser una figura para vos.Y es verdad, lo entiendo.
-He sido y soy una persona humilde y sencilla, así fue mi vida, la que vos conociste.
-Sí y la que me ha llevado a elegir a los hombres sencillos, sin petulancias de ningún tipo, la que me ha llevado a escribir todo lo que ud me ha dejado.
-Viví una vida pequeña, con tu abuela y mis perros, en una casa de campo donde podía sentirse la lluvia caer sobre los techos de chapa, y solo he hablado de lo que conocía, las estaciones, los animales y la familia. He sido un hombre sin instrucción, a diferencia de vos que sos una profesional, y vivís en una gran ciudad, rodeada de cosas bellas y de libros.
-Lo sé, pero si no fuera por ud. yo hubiera sido muy desdichada, y me enseñó casi todo lo que recuerdo, fue mi maestro le debo lo aprendido, puedo escribir.
Pero ¿cómo es posible que yo sea quien te enseñó, alguien que no ha hecho siquiera el tercer grado?
-No puedo explicar lo que me legó,lo poco siempre es mucho,no tiene explicación, provienen de la vida que llevó, los hombres ocultan en su corazón tantas cosas, no preguntemos, yo estoy agradecida. Lo necesitaba abuelo, logró que me sintiera necesitada, crecí en su compañía.Fue mi guía y mi maestro, de todas las persona de mi vida, yo lo he elegido, y por eso voy a ir a visitarlo a su casa, en el pueblo construido por sus benditos ingleses, y no importa que nada que lo que viví hoy no sea real.
-Descubrí que la grandeza no descansa solo en un pasado de gloria familiar, que está en el corazón del hombre y que depende de cada uno de nosotros que la hagamos posible.