De las
historias que más me gustaron de niña está la de la abuela de mi amiga Mariela,
un día en la escuela me contó que su
dulce abuelita le cosía los ojos a sus
gallinas. Me causó gran impresión y varió para siempre la imagen que tenía de
la abuela.
Pienso que
me producía tanto placer como horror el escuchar contármelas, no pasaba un día sin que le preguntara algo
sobre ese oscuro asunto de los ojos, le preguntaba sin descanso si las gallinas
se resistían, si la picaban, buscando una rebeldía en esos pobres seres bobos e
indefensos ante tamaño sadismo.
Debo
decir que yo contaba con nueve años y el mundo de los adultos a veces podía ser
aterrador, me imaginaba a la vieja con su rostro sonriente mientras mutilaba a
los plumíferos. Le quitaba los ojos a las aves mientras que los de ella eran
cada vez más extraños, no podía entender que mi amiga me lo contara como algo
común.
La
vieja se había pasado la mitad de su
vida trabajando para otros, lavando ropa para las familias de los vecinos
pudientes. Había enviudado muy pronto, con una juventud exenta de recursos, debiendo
ganar la vida para ella y los hijos que
en el poco tiempo de casada le
habían llegado uno tras otro. Con diferencias de un año entre cada uno, los
críos le hacían la vida imposible a la madre, aunque ella no era una de esas que se dejan manejar fácil, los llevaba con
las riendas cortitas como decía ella. Sin embargo poseía esa cualidad de las
mujeres conformes con su maternidad, nunca se quejaba, solo suspiraba sin saber
uno muy bien porque era el suspiro. Los niños crecieron y solía decir “he visto demasiado en mi vida”.
Ella estaba unida a la cocina, cuando iba a lo
de mi amiga la veía trajinar con las ollas, con el repasador en la mano me
miraba con eso ojos negros brillantes que parecían haberse tragado la parte
blanca y que yo imaginaba falsos. Pensaba que si salía de allí se volvería
estatua, no me la imaginaba en otro lado, y la verdad es que nunca la recuerdo
en otro espacio que no fuera el laboratorio como le decía ella a la cocina. Sin
duda ese lugar era todo para ella, desde que no trabajaba más se había dedicado
a cocinar. Los olores concentrados confundían los sentidos, a veces era el
ruido y otras los colores, nada se asemejaba a la sensaciones que despertaba
ese espacio. En las paredes había estanterías que parecían bibliotecas llenas
de libros ajados, algunos parecían sucios de tanto toqueteo, como esos libros
que se ven en las ferias de usados y que ella solía tener en sus manos muchas
veces, mirándolos con una lupa pequeña de plástico sentada a la gran mesa de
madera lavada, donde amasaba la pasta de
los domingos. Otros estantes estaban repletos de frascos llenos con
cosas que no lograba distinguir, a veces tomaba uno de ellos y me lo daba con
recomendaciones para mi madre. Luego en la cena mamá lo ponía en la mesa y me
enteraba que eran verduras en escabeche, otras alitas de pollo en vinagre, o
mamón en almíbar, y con cierta aprensión probaba aquello pensando en que quizás
podía envenenarme.
No
podía representarme a esa mujer como alguien bondadoso, pensaba en cómo debía
sellar los ojos de mis amigos alados, seguro iba al corral que tenía en la
parte de atrás de la casa, la veía con la aguja y el hilo sanguinolento en sus
manos, cociendo los párpados suaves y delicados de las aves, sosteniéndolas con
fuerzas por el cuello, así como sostenía a sus hijos varones que la seguían por
la cocina tocándola y abrazándola, comiendo los dulces que ella les hacía.
No pensaba en eso cuando estaba en su casa, la
miraba sostener las cosas con sus manos, tenía esas manos que parecen tener
vida por fuera de quien las porta, eran independientes, trasmitían una
cadencia, no podía dejar de verlas, ella movía sus dedos como pinzas como si no
tuvieran articulaciones. No eran bruscos
sus movimientos lo que producían era un sentimiento de vida propia, aquí las
manos, allá la mujer distante de esa manos, quizás por eso no me resentí con
ella cuando me enteré lo que hacía con
las gallinas.
En mi
casa cuando conté lo que hacía la abuela
de mi amiga se horrorizaron todos, menos mi hermana que para perversa le
faltaba una materia, ella odiaba las gallinas, es más creo que tenía una fobia
muy loca con ellas, veía una y gritaba donde fuera.
Como mi otra amiga que escuchaba la palabra
víbora y salía corriendo por cuadras y sin parar, loca de miedo. Y detrás de
ella iban su marido y los hijos.
A mi hermana uno podía joderla en cualquier
momento con eso, solo que me daba mucha lástima, algunas veces ella era malvada,
y si se metía conmigo yo usaba ese
truco, le decía “gallina” y se ponía a gritar,
luego debía ir corriendo a esconderme porque mi madre me buscaba con la
chancleta en la mano y eso era terrible para mi autoestima.
Papá
tomaba el ejemplo de mamá para amedrentarme cuando osaba contestarle, pero
difería el momento, me llamaba a la hora
de la siesta cuando se hallaba descansando o leyendo en su cama. Mi
temprana intuición me avisaba de que se
trataba y me quedaba en la puerta de la
habitación, me negaba a entrar, lo que lo enojaba aún más, y exigiéndome que me
acercara tomaba su chancleta y me daba un chirlo en la pierna, esto
representaba una ofensa de la cual no me recuperaba por varios días, yo no
sabía si era porque me castigaba o por que con mi padre era tan sumisa que me
dolía.
Como
sea la historia de las gallinas me preocupaba, un sentimiento oscuro me invadía
a veces y no paraba de pensar en eso, en la escuela nos habían leído la
historia de la gallina degollada de Horacio Quiroga y me había impresionado, todo lo que se
relacionaba no disminuía el interés ,espoleaba mi curiosidad, luego
de noche escondida bajo las sabanas sospechaba peligros que no podía imaginar,
mi madre comenzó a preocuparse por mi obsesión con el tema y me prohibió ir a
lo de mi amiga.
Con el
tiempo me enteré que la abuela estaba enferma y
M. desorientada no quería jugar, ni estudiar, me contó que no se sabía que tenía. La abuela de a poco se
dejaba estar y no quería ni cocinar, ni hacer ninguna de las cosas que antes le
gustaban. Mi amiga me dijo que desvariaba y que repetía “yo ya he visto
demasiado”, sospechaban alguna enfermedad grave, luego dejó de ir al colegio por varios días.
Un día después preocupada corrí a su casa para verla, golpeé la puerta pero nadie venía a atenderme. Vahos de calor subían desde el suelo de tierra, el olor de los paraisos dulzón y pegajoso invadía mi respiración mansamente como cuando mamá se perfumaba, no era la primera vez que iba y conocía las costumbres, entré por la puerta cancel que llevaba a la parte de atrás de la casa, una especie de galería que se comunicaba con el patio trasero. No me sentía tranquila al entrar pero pensé que no me habían escuchado, comencé a llamar a mi amiga mientras me acercaba a la galería, nadie respondió a mi llamado, llegué a la primera habitación que era un living con sillones de cuero, creo, y unos muebles oscuros con carpetas tejidas por la abuela de Mariela, me quedé pensando allí un momento quieta en aquel lugar como una intrusa, el aroma del cuero anulaba el tránsito anterior entre los árboles -¿En donde estarían todos?-el silencio de la siesta me inquietaba, el sol era brillante y yo seguía pensando -¿espero o me voy?- sin atinar a caminar.
Algunos sonidos de la parte trasera del patio se parecían a los de las gallinas cuando rezongan, que hacen un cloqueo suave.
Un día después preocupada corrí a su casa para verla, golpeé la puerta pero nadie venía a atenderme. Vahos de calor subían desde el suelo de tierra, el olor de los paraisos dulzón y pegajoso invadía mi respiración mansamente como cuando mamá se perfumaba, no era la primera vez que iba y conocía las costumbres, entré por la puerta cancel que llevaba a la parte de atrás de la casa, una especie de galería que se comunicaba con el patio trasero. No me sentía tranquila al entrar pero pensé que no me habían escuchado, comencé a llamar a mi amiga mientras me acercaba a la galería, nadie respondió a mi llamado, llegué a la primera habitación que era un living con sillones de cuero, creo, y unos muebles oscuros con carpetas tejidas por la abuela de Mariela, me quedé pensando allí un momento quieta en aquel lugar como una intrusa, el aroma del cuero anulaba el tránsito anterior entre los árboles -¿En donde estarían todos?-el silencio de la siesta me inquietaba, el sol era brillante y yo seguía pensando -¿espero o me voy?- sin atinar a caminar.
Algunos sonidos de la parte trasera del patio se parecían a los de las gallinas cuando rezongan, que hacen un cloqueo suave.
Decidí
sentarme en un banco de la galería, todo parecía irreal, el sopor me
obligaba a quedarme quieta mirando reverberar la luz al ras de la tierra, subía el calor como franjas transparentes
disolviéndose en el aire, algo me retenía.
Recordaba las historias contadas por mis tíos, hablaban de las siestas y monstruos, "la solapa", "el hombre de la bolsa", decía que los chicos se escapaban de la cama para ir a jugar a escondidas de sus padres , el castigo era el encuentro con lo" innombrable", yo no sentía miedo, solo curiosidad, nunca había creído en aquellas historias, inquieta pensaba en la vieja, como estaría?, y Mariela?.
Recordaba las historias contadas por mis tíos, hablaban de las siestas y monstruos, "la solapa", "el hombre de la bolsa", decía que los chicos se escapaban de la cama para ir a jugar a escondidas de sus padres , el castigo era el encuentro con lo" innombrable", yo no sentía miedo, solo curiosidad, nunca había creído en aquellas historias, inquieta pensaba en la vieja, como estaría?, y Mariela?.
Me
levanté y comencé a vagar por el lugar, en otras oportunidades no había notado lo ordenado que estaba todo,era de una austeridad extranjera, que yo no conocía, sin darme cuenta me había
acercado al último cuarto de la galería
de donde provenía un rumor, como si alguien rezara, pegué mi oído a la
puerta y sentí más claramente el ruido que ya no era idea mía, no era un rumor sino semejante a un suspiro,
toqué a la puerta para anunciar mi presencia, nadie acudió ni respondió así que tantee el picaporte para
abrirla , cedió rápido al empujón y dejó
entrever una habitación oscura, un haz
de luz se proyectó en el piso, entré lentamente pensando en que quizás Mariela
estaba acostada, creo que en ese momento no pensaba en nada, mis ojos
acostumbrados cegados por la luz exterior no veían con claridad.
En la penumbra el haz de luz recortaba los objetos, el ropero, me sorprendí en la luna espejada, como un ladrón que sale de su fantasía, la ventana en la pared de enfrente algo de luz dejaba pasar, sin embargo el olor fue lo primero que me llegó, limpieza, colonia, respiración, me recordaba el tiempo en que mi abuela había vivido con nosotros, eso antes de que muriera, pero a mi me había quedado ese recuerdo muy fuerte y lo reconocía en otros lados, todo sucedió en un instante, aunque al contarlo parece un tiempo muy largo.
En la penumbra el haz de luz recortaba los objetos, el ropero, me sorprendí en la luna espejada, como un ladrón que sale de su fantasía, la ventana en la pared de enfrente algo de luz dejaba pasar, sin embargo el olor fue lo primero que me llegó, limpieza, colonia, respiración, me recordaba el tiempo en que mi abuela había vivido con nosotros, eso antes de que muriera, pero a mi me había quedado ese recuerdo muy fuerte y lo reconocía en otros lados, todo sucedió en un instante, aunque al contarlo parece un tiempo muy largo.
Choqué con la cama, detuvo la percepción melancólica, de golpe parada a pasos de la puerta intuí a la vieja acostada, los brazos en cruz, el temor se apoderó de mis músculos por un instante, ante el deseo de huir avancé espoleada por una curiosidad malasana, pude ver la figura de ella estaba como
dormida le dije -señora, soy yo, la amiga de Mariela-, ella no se movió, pero
dejó salir un suspiro de su boca , debo decir que algo no estaba bien,
intrigada me acerqué más solo así pude ver aquello, en una de sus manos la
abuela sostenía la madeja de hilo , la aguja había caído al costado, un
hilito de sangre corría por sus mejillas y yo sin entender bien corrí fuera del
lugar.