Solíamos ir a mi rio,el que me tocó en suerte por nacimiento, ese rio mitigaba en parte los actos
demenciales, hundíamos nuestros pies en el barro caliente semejante a una enorme vagina cálida y tersa
que se abría sin resistencia a nuestro paso, en el avance comienzo de la
corriente de la vida, como un rito de iniciación nos zambullíamos en sus
marrones aguas renovadas sin posesividad expandiendo la piel sudada , brillosa,
erotizada por la naturaleza, caricia mineral en días aciagos.
Un sin fín de
sensaciones se activaban a su contacto, el agua penetraba orificios y expulsaba el mal interior,
sobrevenía una calma post-orgásmica y con el pelo tirante y mojado nos íbamos a
tomar mates.